KaiserEste post no es como los habituales, ni por temática ni por extensión. Este es el post de Kaiser. Como muchos de ustedes saben, hace hoy una semana que Kaiser me dejó. No todos los gatos pueden presumir de haber dado nombre a una empresa, así que hoy quiero hacerle un pequeño homenaje publicando un cuentecillo que escribí hace unos años con él como protagonista.

Y sobre el cuentecillo… no tiene mucho que ver con el Kaiser real, que ha sido siempre un cacho de pan, y aquí es un malvado. Pero no todo los gatos pueden presumir de haber inspirado a un villano en un relato. Así que ahí va. Para Kaiser. Espero que lo disfruten.

KAISER

¡Menudo fiestón el sábado! Me sentía un poco culpable por mentir a mi madre, pero en su ausencia me lo había pasado como nunca. Mi primer año de universidad estaba siendo intenso: fiestas, nuevos amigos, planes… Eso sí, no pensaba volver a organizar otra de estas en casa, menudo estropicio…

Iba pensando en todo esto mientras sudaba, acarreando con dificultad la jaula que contenía a mi gato Kaiser hasta el veterinario. Decidí descansar un momento y me senté en un banco, dejando la jaula a mi lado.

– Qué gordo estás, Kaiser.- le dije al animal, que asomaba el morro por la parte delantera de la jaula.

– Gorda estarás tú, bonita.- me dijo una profunda voz masculina, grave, incluso seductora.

Me sobresalté. ¿Quién había dicho eso? Miré a todos los lados, pero la calle estaba desierta. Me alarmé; a lo mejor estaba sufriendo alucinaciones.

– Si estoy gordo, es culpa vuestra. A mí me gustan los Friskis Deluxe con gelatina de pollo. Y solo me dais ese pienso marrón, más seco que la mojama.

No lo podía creer; la voz salía de la jaula del gato. Me puse frente a ella y miré a Kaiser.

– Sí. Hablo, sí. Y no quiero ir al veterinario. Me hace daño, y me parece humillante tener que subir a esa mesa de metal y dejar que me hagan lo que les da la gana. Además, ya fuimos hace poco para cortarme las uñas, y ese matasanos me las dejó en nada.

¡Kaiser hablaba! ¡Y cómo hablaba! Traté de sobreponerme a la situación; en fin, si el gato hablaba, habría que hablar con él. ¿No?

– Tienes que ir al veterinario porque hay que vacunarte. No querrás caer enfermo… – dije, tratando de asimilar que estaba razonando con un gato.

– Es irónico que me lo digas precisamente tú, que muy preocupada por tu salud no pareces estar. Porque ¿cuántos whiskys cayeron el sábado? Yo conté siete; supongo que tú ya no podías ni contar…

¡Pues sí que era listillo el gato!

– Oye, estás más guapo callado, ¿eh bonito?

– Sí, sí que soy bonito. Y bonita va a ser la cara de tu madre cuando se entere de la que liaste el sábado en casa. Porque lo vi todo. Bonita.

– ¿Y qué vas a hacer? ¿Ir a contárselo? En cuanto articules una palabra, mi madre se cae del susto.

– No sé si habrás notado que tu cámara digital no está hoy en su sitio. Y que estuvo toda la noche encima de la tele, en un sitio privilegiado… Bueno, qué vas a notar, con el pedal que llevabas…

– ¡¡¿¿Qué??!! ¡¡Tú no has sido capaz de grabar la fiesta!! ¡¡Eso es imposible!!

– Hasta hace diez minutos, también hubieras dicho que no era capaz de hablar, ¿no?

Enmudecí. El bicho tenía una lógica aplastante. Empecé a sudar otra vez, pero ahora no por el calor, sino ante la posibilidad de que ese maldito felino me chantajeara con un vídeo de la fiesta salvaje del sábado. Si mi madre se enteraba, me deportaba a Siberia.

-Soy capaz de muchas cosas, pero me hago el tonto ante los humanos, que os lo tragáis todo. Sé manejar perfectamente una cámara digital. Si son para tontos. Sabía manejar hasta las analógicas… Tienes una mascota muy especial-.añadió con soberbia. – Los gatos, en realidad, no suelen hablar. Pero yo sí.

Yo no paraba de sudar, muda, mirando la cara del que solía ser una simpática bola peluda. ¡Mi gato me estaba chantajeando!

– Si me llevas al veterinario, ¡le pongo el vídeo!- dijo, y me miró desafiante.

Abrumada, agarré la jaula y volví a casa. Mi madre me preguntó que qué tal en el veterinario, y mentí. Le dije que todo había ido muy bien, y que Kaiser se había portado de maravilla. Cuando nos quedamos solos, Kaiser me miró entornando los ojos. Hasta me pareció que esbozaba una sonrisa felina.

– Ya sabes. Friskis Deluxe con gelatina de pollo.

Y se fue, irguiendo chulescamente la cola al marcharse. ¡Ah, eso sí que no! No pensaba vivir tiranizada por ese bicho. Tenía que actuar. Pero ¿qué hacer? Aun sentía simpatía por ese felino negro y cariñoso. Cariñoso, cuando no hablaba, claro. ¡Eso es! Había que conseguir que se callase para siempre. ¿Y cómo?

Después de cenar, mi madre se fue a la cama. Solía dormirse pronto y muy profundamente, así que aproveché la ocasión. Cuando ya roncaba, agarré a Kaiser desprevenido, dormitando encima de un cojín, y le tapé el hocico. Lo metí a toda prisa en la jaula, ¡cómo se resistió, el condenado!, y salí. Arranqué el coche con la jaula a mi lado.

– Te vas a enterar, listillo.

– ¡Maldita sea! ¿De qué va esto? ¡Usaré el vídeo! ¡Te vas a enterar!- repetía Kaiser, enfurecido, tratando de abrir el cerrojo de la jaula con todas sus fuerzas. Pero sus uñas eran demasiado cortas y se hacía daño.

Llegamos a un descampado, lleno de gatos callejeros. Puse la jaula frente a un grupo de ellos, que estaban tumbados sobre un bordillo en torno a un gato grande y malcarado, que parecía ser su jefe.

-¿Qué te parece si te suelto ahora por aquí, para que hagas amigos?- le dije a Kaiser.

Los gatos miraban a la jaula con interés y miradas torvas. El “jefe” incluso hizo un amago de acercarse. Kaiser permaneció callado.

-¿A qué serías muy feliz aquí, con los de tu especie? Seguro que te iba muy bien, con esas uñas tan cortas. Y la comida creo que es fenomenal. Algún resto de pescado podrido, con suerte. Ni Friskis ni leches.

Kaiser permanecía callado. El gato “jefe” se quedó mirando fijamente a la jaula, en actitud alerta. De repente, bufó y se erizó, ante la atenta mirada del resto de sus compinches.

-Ahora sé que hay algún gato que habla. A lo mejor por aquí hay gatos de otro tipo. Como, no sé, gatos caníbales…

Oí cómo Kaiser suspiraba larga y profundamente. Al cabo de unos instantes, dijo:

Miau.

Me dí por satisfecha. Nos fuimos a casa de nuevo. En la caja de arena de Kaiser, torpemente escondida, encontré la cámara y la guardé a buen recaudo.

Kaiser no ha vuelto a hablar nunca más. Aunque, tengo que admitirlo, le pongo Friskis Deluxe con gelatina de pollo para comer mucho más a menudo.

Categories: Uncategorized

2 Responses so far.

  1. Patricia says:

    jojojo no lo había visto, menudo homenaje mente maquiavélica….he aquí mi pregunta, ¿será que tod@s pensamos lo mismo al ir al veterinario? en mi caso la frase es ¡ene ama cuanto pesas! a partir de hoy te pongo a dieta….lo cual nunca cumplo.
    ¿Tal vez K. manipula mi subconsciente mientras simula cuidar mis sueños? mmmmm

Leave a Reply