muertos olvidadosSalió a pasear. No era una noche como las demás. Sentía una desazón que no le dejaba en paz. Esa idea que se esforzaba por ahuyentar se había confirmado. Nada le parecía igual. Nada volvería a ser igual.

La luna se reflejaba en las lápidas. En las más recientes brillaba mucho. A otras, ajadas por los años, sólo les arrancaba una pálida reverberación. Si pudiera respirar, habría dicho que se respiraba quietud. Los cipreses se alzaban inmóviles. Se oía el canto pausado de una lechuza. El silencio era completo. Los panteones, las estatuas que tan bien conocía pasaban ante él sin que las viera.

Recordó aquella noche, poco después de llegar, en la que se sintió tan pleno de energía. Incluso se percató de que proyectaba una sombra difusa. Aquella noche retozó como nunca: hizo travesuras con Damián hasta que amaneció. En cambio, hoy sentía que había muerto un poquito más.

Las gotas de rocío fosforescían sobre las telarañas. Olía a humedad. Se acercaba a las antiguas tumbas infantiles, olvidadas hace mucho. Crecían musgo y líquenes en los panteones, hiedra y malas hierbas sobre las sepulturas de niños no bautizados.

Pasó por la tumba de Damián. Incluso cuando el cadáver de su amigo estaba aún caliente, sus flores siempre habían sido de plástico. Su familia no era de las que se preocupaban por esos detalles. Damián se lo tomaba con humor, haciendo chistes sobre el poco interés de sus “vivos” por visitarle. Pero él, aunque reía, pensaba que aquello era una tragedia.

Las flores de su tumba no tenían apenas tiempo de ponerse mustias: enseguida eran sustituidas por un nuevo ramo. Al menos así solía ser. Él se enorgullecía de ello. Cada semana, enseñaba sus flores a Damián como si de un trofeo se tratara.

No van a volver.

Estaba seguro de ello. El viento se había llevado los pétalos de la última rosa, y nadie había venido a poner flores nuevas. Todas las noches miraba con esperanza el jarrón de mármol que adornaba su tumba, sin resultado. En la última temporada la renovación de las flores se había espaciado; pasaban dos semanas, a veces tres hasta que llegaba el ramo. Pero hoy, esa idea que intentaba dejar dormida había despertado. Nada volvería a ser lo mismo. Le habían olvidado.

No van a volver.

Llegó hasta el confín del cementerio, sin saber dónde encontrar consuelo. Recordaba cómo antes se burlaba de los demás, riéndose de sus flores de plástico o de sus jarrones vacíos hacía meses. Ahora, él también era uno de ellos. Era parte de esa tribu que puebla el mundo y la historia entera silenciosamente; de esa masa creciente que son los Muertos Olvidados.

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